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República del Paraguay - Miércoles, 19 de Marzo de 2008
Análisis
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Carmen Villalba y Calé

Por Enrique Vargas Pena

Dicen ser opuestos, dicen odiarse. Y, en realidad, se odian. Me refiero a Carmen Villalba, condenada a la cárcel por el secuestro de María Edith Bordón de Debernardi, y a Juan Carlos Galaverna, celebérrimo senador del Partido Colorado.

Pero oyendo a Carmen Villalba creo que no es muy diferente de Juan Carlos Galaverna.

Ayer a la mañana, en la 9.70 AM, tuve la oportunidad de conversar con Carmen sobre sus ideas acerca del uso de la violencia como instrumento para salvarnos de nosotros mismos.

El marco mental de Carmen es sencillo y clásico, y vale repetirlo: Ella cree pertenecer a una elite que, autodesignada y sin mandato popular alguno, supone tener la obligación de incendiar el Paraguay para extirpar la maldad y gobernar como se ha gobernado Cuba en el último medio siglo, sin límite de tiempo ni de poder.

Cree ser popular, no porque sea querida, apreciada o porque haya sido votada o elegida, sino porque nació pobre entre los pobres. Lo suyo viene del nacimiento, no de la voluntad de la gente.

Si en el camino debe morir gente, es el efecto colateral de la lucha de clases que, en todo caso, será el cimiento de un Paraguay nuevo liberado, según ella, de las lacras del capitalismo.

Juan Carlos Galaverna nunca hizo una confesión semejante a la que ayer formuló Carmen Villalba. Confesó, sin embargo, haber manipulado actas electorales para que el resultado de las elecciones internas coloradas de diciembre de 1992 fuera distinto al deseado por el pueblo.

Galaverna y sus cómplices se atribuyen la obligación de mantener en el poder al Partido Colorado, aún en contra de la voluntad popular, para gobernar en beneficio de sus integrantes.

Si en el beneficio de los integrantes de su partido debe perjudicarse al Paraguay entero, es para Galaverna y sus cómplices un mero efecto colateral.

Carmen Villalba y Galaverna dicen ser opuestos y dicen odiarse. Pero lo hacen del mismo modo en que un fanático cristiano es opuesto y odia a un fanático musulmán; de la misma manera en que un nazi es opuesto y odia a un comunista.

Todos esos intolerantes comparten y tienen en común la idea de ser los únicos y excluyentes depositarios de la verdad, la misma esencia mesiánica según la cual se sienten con derecho a desconocer la voluntad de los otros, a menospreciarla, a sobrepasarla y, eventualmente, a destruirla.

Galaverna cree que sabe mejor que miles y miles de afiliados colorados lo que le conviene a su partido y por eso manipula actas electorales, para que no se equivoquen. Carmen Villalba cree que sabe mejor que miles y miles de paraguayos lo que le conviene al Paraguay y por eso usa balas para impulsar su proyecto.

Cuando estos dos tipos de enemigos logran hacer creer que cualquiera de ellos es la opción, la sociedad libre está perdida, como se perdió cuando los nazis ganaron en Alemania (para frenar al comunismo) o cuando los islámicos triunfaron en Irán (para frenar al autoritarismo).

Y ahora están jugando juntos ese juego. Le dan a Carmen amplia libertad para intentar polarizar al país entre ellos o el oficialismo, cuando la verdad es que ni ellos ni el oficialismo son opciones de progreso para el Paraguay.

 
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